Llegar a La Costa Esmeralda bordeando la ruta de la niebla, Teziutlán, Martínez de la Torre, San Rafael, Nautla, hasta las playas de Casitas, es empaquetar nuestras certezas e incertidumbres dentro del placer de ver naturaleza todavía viva y hasta por momentos lujuriante que viendo tanto horror en nuestro diario vivir citadino, creemos extinguido.
Extensiones enormes de palmeras, vegetación cerrada, lagunas, ríos, ganado y fauna de todo tipo, playas enormes de arena color chocolate, aguas cristalinas y oleaje rítmico, a veces azul, a veces grisáceo, según se refleje en él, el cambiante cielo del golfo.
No hay torres, ni hoteles monstruosos ni espectaculares, todas son construcciones bajas rodeadas de jardín mirando a la playa. Así es el bello hotel cabo Alto, donde nos alojamos, tan sencillo como coherente con el entorno, encantador e imperfecto, relajante y cautivador en su sencillez.
Hoteles, que por nuevos que sean, han sido construidos a la vieja usanza, dos o tres plantas sencillas, integradas al paisaje, una palapa es el restaurante, rodeado de jardines floridos y albercas modestas, aunque limpias, frente al mar.
Todo hecho como no queriendo ofender al pasado, pero sobre todo a la pobreza proliferante de nuestros sitios rurales, que para colmo de males se hieren a sí mismos con la ancestral daga de la basura y el abandono, herida que nunca cicatriza en nuestro paisaje, es más, se agranda, avanza implacable, y victima cualquier afán de dignificación y depauperización de nuestro pueblo.
La suave hamaca del golfo noreste, arrulla y encanta pero deja espacio para ver, por más que lo soslayemos, el dolor de nuestras pérdidas constantes.
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